Una vez, una mujer socialista, de
esas que llevan los hombros hacia atrás y se yerguen como defensoras del
feminismo y de los pilares en los que se cimenta el partido, me dijo que cuando
supiera lo que es ser socialista, hablara y participara del y en el socialismo.
En principio sus palabras retumbaron en mis oídos como estruendos agravios,
pero después, en la distancia que da el tiempo y la oportunidad que brinda para
reflexionar, fui consciente de que ella me lo dijo para herirme, pero que en
realidad me había hecho un gran favor de manera desinteresada.
Me pregunté qué es ser socialista y también qué
es el socialismo, y he llegado a la conclusión que ambas preguntas distan
mucho. No es lo mismo ser socialista que saber qué es el socialismo. Y pensé
que había que reflexionar mucho, investigar, leer a los padres y a los
herederos del ideario y contextualizar ambos casos para entender qué es ser
socialista en el siglo XXI y qué no es socialismo en el siglo XXI.
No tenía muy claro al inicio de
mi investigación teórica si finalmente llegaría a una conclusión que cambiara
el sentido de mi quehacer político a nivel de militancia que es lo que hoy por
hoy hago, aún ahora no lo tengo tan claro, en parte por el leguleyo que nos
impide ser puros socialistas y la contumacia de much@s socialistas, que no se
apean del carro y no se arrancan las vendas de los ojos.
PRIMERA IDEA: Actividad
Productiva.
Empecé por el principio, que es
por donde hay que empezar todas las cosas: Claude-Henrie de Rouvroy, más
conocido a nivel general como Saint-Simon. Este duque, descendiente de
Carlomagno, luchó como voluntario con 19 años en el ejército independentista de
George Washington.
Con frecuencia los pensadores no
intervenían en acción política, tan sólo lo hacían la jerarquía secular o
eclesiástica. Sin embargo participa en la revolución francesa, reniega de su
condición de noble y llega incluso a cambiar su nombre por el de Claude-Henri
Bonhomme, en un alarde de populismo ciudadano, convirtiéndose en presidente de
la Comuna de París.
Llegando a conclusiones simples a
día de hoy, pero innovadoras en aquellos tiempos: su admiración por una sociedad dinámica en la que todos son productores; interesándose principalmente en las obras
públicas y las posibilidades de desarrollo social, siendo el propulsor
del canal que uniera los dos océanos precedente al canal de Panamá. De regreso
a Europa, propuso a Carlos III la construcción también de un canal que uniera
la capital con el mar Mediterráneo y el océano Atlántico.
Al participar en las dos
revoluciones más importantes de la época se convierte en un condensador teórico
en una época de fractura y ruptura del orden tradicional, años de innovación y
de avance hacia el futuro. Este hecho produce hombres consagrados al estudio de
la dinámica social y de las tendencias de la sociedad, es decir, personas
preocupadas por los problemas planteados por la predicción las ciencias
sociales.
Así pues, apunto que nos hemos
olvidado del estudio de la dinámica social y de las tendencias sociales, de
predecir qué va a pasar por los flujos de información y de acción de la masa
poblacional. Es por esto que el movimiento 15-M y la Plataforma de Afectad@s
por la Hipoteca (PAH) se nos han adelantado y cuando hemos querido reaccionar
no nos han admitido, en parte porque lo hemos intentado cuando hemos perdido
votos en las elecciones, lo que hace desconfiar del socialismo, pues se ve como
un oportunista carroñero que no quiere perder poder pero que no está interesado
en los problemas reales de la ciudadanía. Aparte hemos perdido el orden y
sentido de la ruptura y fractura del orden tradicional, simplemente lo que es
tan fácil como reinventar las propias bases (algo que por mi experiencia asusta
a much@s socialistas de carné y convencimiento). Y eso tan simple y convulso es
lo que hizo el padre del socialismo: reinventó
y se acercó a la ciudadanía. Rompió lo cómodo para convertirlo en incómodo
y cambió lo establecido como dogma a seguir. No pensó en él, si no pensó en el
pueblo, en la sociedad donde él debía vivir sin hacerse el ciego, el sordo y el
mudo.
Yo me pregunto cuánt@s sord@s,
cieg@s y mud@s hay en el PSOE, que no quieren dejar de ser condes y condesas. Tal vez éste sea el lodo que lo embarré todo.
No nos asustaremos de quienes hoy
por hoy no quieren renovarse continuamente, ya la tradición marxista encasilló
a Saint-Simon como un socialista utópico; algo que desde mi punto de vista es
erróneo porque en su caso no se da una visión de la sociedad futura, sino un
programa político orientado hacia el futuro cuyo fundamento es un estudio del
presente, con pretensiones científicas.
Su espíritu es completamente,
desde un punto de vista científico, positivista. La obra de éste tenía un
interés genuino por evitar nuevas revoluciones y, al mismo tiempo, reorganizar
la sociedad y el poder político sobre bases nuevas, que garantizaran la
felicidad de los seres humanos. Para complementar su enfoque físico-social,
propugna también una filosofía social; ambas se corresponden con una estética y
una dinámica de los sistemas sociales.
Su pensamiento idealista se equipara
a una mentalidad de su tiempo: ilustrada. Una fe algo cándida en un progreso
irreversible. Algo complejo e irrealizable por la inexistencia de una “sociedad
industrial científica”. Saint-Simon abandona sus estudios sobre la evolución de
la humanidad para concentrarse en las sociedades contemporáneas; la historia ha
pasado ya su etapa feudal y, tras un período de incertidumbre, al descubrir la
ciencia social, se instalará en un orden científico y racional de carácter
positivo.
La abundancia de empleo de la
industria y lo industrial prueba que este pensador tenía una idea bastante
exacta del elemento decisivo en el proceso de cambio de las sociedades
tradicionales en sociedades modernas. Karl Marx prefería llamarlo
“capitalismo“, algo que para mí es totalmente certero; pero no quita razón a
Saint-Simon como manifestante evidente del orden nuevo, esto es, las relaciones
industriales.
La industria ha propiciado una
recomposición de las clases; los industriales que no habían sido nada hasta la
fecha, ahora les corresponde ser todo ya que constituyen la clase más
importante de la sociedad, la generadora de riquezas, la única clase
productiva: propietarios de fábricas, banqueros, trabajadores, artesanos,
campesinos, comerciantes (no sabemos si incluye o no a mujeres en una cifra a
la que él apunta: 25.000 millones).
Este nuevo orden hace de
Saint-Simon el padre de la teoría social
del conflicto: la clase contra la clase. Su propuesta es imposible desde la
propia articulación empírica, sin embargo la clase por la que el autor lucha
aglutina todas las posibles legitimidades: numérica, meritocrática (que está
ahí por méritos propios) y plutocrática (el poder de los ricos en el gobierno
del Estado). Frente a éstos se alza el antiguo régimen: nobleza, clero y burgueses,
quienes son para Saint-Simon clases parasitarias que actúan de leguleyos, sin
producir riqueza alguna, en contraposición con la nueva sociedad industrial.
Hemos de reconocer también en el francés la autoría de la conciencia de clase y en cierto modo de la lucha insurreccional de
la clase que se considera injustamente tratada; aunque no hace falta
levantamiento alguno porque todo discurre del modo más pacífico, la fórmula que
propone es que el poder reside en la competencia para fijar los Presupuestos
Generales del Estado; debiendo ser esto lo que los industriales reclamen al Rey
y poniendo el Gobierno en manos de quienes realmente generan riqueza.
Él cree que la propiedad y el
mando están necesariamente unidos, pero al tiempo cree que es preciso permitir
y fomentar el acceso a la propiedad y al mando de aquellos que carecen de
posibilidades materiales pero tienen capacidades intelectuales.